Corría el año
1966 cuando el señor Gutiérrez consiguió llegar a Director General de la
oficina principal de un banco suizo en Madrid, donde trabajaba desde la edad de catorce años. Escaló uno a uno los peldaños de la empresa con perseverancia y artimañas
de lo más sucias. Ya desde muchacho apuntaba maneras e hizo del engaño todo un
arte y de la codicia, una finalidad. Era un tipo alto, a simple vista bien parecido, embutido en trajes de chaqueta oscuro que podía pasar por un empleado de una funeraria. En su indumentaria solo
variaba la corbata que según el día de la semana cambiaba de color. Esta
característica tan previsible fue la burla de las empleadas del banco hasta que,
sus ojos y sus oídos que habían desarrollado una capacidad para el espionaje
que rozaba la perfección, pusieron fin a los comentarios. Ningún detalle
escapaba a su supervisión y cualquier desliz podía ser utilizado para un
despido. Sus cabellos oscuros untados
con brillantina, le daban un aire de antiguo galán de cine de Hollywood, lo que
supo aprovechar en su juventud. Sin embargo, su estilo ya pasado de moda y su carácter cada vez más agrio habían conseguido catapultarlo a los confines de la soltería. El rechazo permanente de
las féminas de su entorno hizo que se volviera más agresivo y vil. Tenía una mirada maléfica que denotaba una perversa imaginación y disfrutaba haciendo de sus
subordinados el blanco de sus envites. Su lengua viperina a las
órdenes de una astuta serpiente, actuaba con un concienzudo método: adular,
esperar y atacar. Ninguna presa se le escapaba. Su afilada nariz había desarrollado
un olfato para los negocios, rasgo que tuvieron en cuenta sus superiores para
un puesto tan importante. El señor Gutiérrez poseía unas manos grandes y bien
cuidadas que utilizaba en sueño para apretar el cuello de cualquier sujeto
molesto, y en la vida real para llenarse los bolsillos. Sus andares firmes y
seguros denotaban su habilidad de no dar un paso sin meditarlo cuidadosamente. Pero
sin duda, el talento más extraordinario del señor Gutiérrez era su amor
desmesurado por el dinero que lo llevó a traspasar los límites más
inverosímiles de la corrupción. Todos sabéis su trágico final; merecido o no, os toca ahora juzgarlo. Pero, sin duda fue el más aplaudido.
CITAS
Hay días que amanecen sólo para que uno pueda seguir soñando. Días en los que uno siente que el lance merece la pena, que el latido sigue ahí y que ni puedes ni quieres prescindir de él, que es posible derrotar miedos y vencer temores. Días en los que la magia de una sonrisa acude para salvar tu alma. Días en los que un gesto cómplice o una mirada en eterna sorpresa son capaces de ordenar el desorden de tu mundo puesto del revés. Días en los no cabe más la ternura. Días en los que el tiempo se detiene y el resto del universo carece de toda importancia.
Hay días en los que uno se alegra de estar vivo. O de que exista alguien que le haga sentirse así. Vivo. (Pedro de Paz)
Hay días en los que uno se alegra de estar vivo. O de que exista alguien que le haga sentirse así. Vivo. (Pedro de Paz)
jueves, 15 de agosto de 2013
miércoles, 14 de agosto de 2013
TENGO ALAS
—Tengo alas —gritó
Santi dando vueltas alrededor de su hermana mayor. Desplegó su capa
zigzagueando como un pájaro mareado.
—Déjame en paz. Estás
ridículo con esa toalla al cuello y los calzoncillos por encima de mis
leotardos. Te tengo dicho que no quiero que cojas mis cosas. ¡Eres patético!
Santi no consiguió
entender el significado de aquella última palabra, pero lo que sí supo captar
fue el tono despectivo con que su hermana mayor la había pronunciado. No era la
primera vez que lo menospreciaba. Se quedó un momento pensativo y como si se le
hubiera encendido una luz interior, espetó con decisión:
—Te lo voy a demostrar.
Eliana, echada sobre la
cama, sonrió al oír aquel propósito, pero pronto dejó de prestarle atención al
niño. Se imaginó en los brazos de Clark Kane. Pero, ¡qué guapo era el actor que
lo encarnaba en la película que vio ayer mismo! ¿Cómo se llamaba? Era incapaz
de recordarlo.
Mientras tanto, con la
agilidad de un gato Santi trepó al alféizar de la ventana, la abrió de par en
par y desplegando sus alas de ángel emprendió un vuelo sin retorno.
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miércoles, 3 de octubre de 2012
ME VOY AL AMOR
Esta mañana, he intentado evocar el rostro de mis hijos y me ha llevado tiempo. Y conforme vayan pasando los años, más tiempo me llevará. Es triste, pero cierto. Al cabo de los años, he llegado a convencerme de que no es suficiente desear algo para que ocurra. Mis añorados, Dreirdre y Patrick, no volverán a la vida por más que yo lo desee.
Hace dos años que me instalé en Niza donde el clima benigno favorece mi
ánimo y mis ganas de vivir. Habito en una casa enorme con mi secretario y mi
ama de llaves. Mi amiga, Maria Desti, dice que todavía tengo una piel fresca y
un talle envidiable pero, a mis cuarenta y nueve años, el reflejo que me
devuelve el espejo cada mañana no me dice lo mismo. En mis frecuentes paseos en
descapotable, me he cruzado con un joven muy guapo que conduce un Almicar
francés. Lo he apodado irónicamente Bugatti. Archer me lo ha presentado, es
italiano. Estuve bailando en sus brazos durante toda la noche. Las primeras
notas de l’amour est un oiseau rebelle
de Bizet todavía suenan en mi cabeza. Mañana volveré a verlo.
Mi vida ha estado condicionada por Afrodita, la diosa griega del amor.
Desde niña, pensaba que había emergido de las profundidades del mar para
dirigir toda mi existencia. En el seno materno probé las delicias de las ostras
y del champán helado, manjar de dioses, el único sustento que el cuerpo de mi
madre era capaz de asimilar. Podría parecer una paradoja, puesto que mi padre
nos abandonó siendo yo muy pequeña, dejándonos en una situación económica
precaria. Poco después, lo apresaron culpado del robo a un banco. Durante siete
años, debido a los comentarios que oía en mi entorno, me lo imaginé con cuernos
y rabo. Al conocerlo, se disiparon todos mis temores sobre mi origen diabólico
y comprobé que era un hombre apuesto que vestía con sombrero y levita. Mi madre
nos sacó adelante valerosamente, dando lecciones de piano e inculcándonos el
amor por la música de Schubert, Mozart y Schumann. Mi primer recuerdo es un
incendio. Con dos o tres años me lanzaron a los brazos de un policía irlandés desde
una ventana. En medio de las escenas de pánico, abracé amorosamente a aquel
hombretón y me sentí segura. Todavía oigo la voz desgarrada de mi madre
llamándome: Isadora, Isadora.
Nací a orillas del mar, en la ciudad de San Francisco. Desde mi más
tierna infancia, he sentido fascinación por las olas. Me sentaba en la playa,
con las manos unidas en mi regazo, horas enteras de observación contemplativa,
para luego reproducir los movimientos con mi cuerpo. Cada elemento de la naturaleza,
como las ondulaciones de un camino o el movimiento de las copas de los árboles
mecidas por el viento, era una fuente inagotable de inspiración. Esto fue el
inicio de mi arte, la expresión divina del espíritu humano por medio de una
danza natural, sin artificios.
Mi madre era deliciosamente
descuidada. Trabajaba todo el día fuera de casa y nos dejó, a mis tres hermanos
y a mí, vivir una infancia llena de espontaneidad y creatividad. Podíamos
seguir libremente nuestros impulsos vagando por el muelle, la playa o la
ciudad. Esa vida salvaje y sin obstáculos fue la inspiración de la danza que he
creado y no es más que la expresión de la libertad. Mi madre fue educada en el
seno de una familia católica irlandesa. Vapuleada por una sociedad que veía con
malos ojos a una mujer divorciada con hijos a su cargo, perdió la fe en la
religión católica y abrazó el ateísmo. Un día por Pascuas, a la edad de cinco
años, volví enfurecida de la escuela pública.
—Isadora, cariño, cuéntame qué te ocurre.
Sus delicados dedos de pianista alisaron mis cabellos para animarme a
hablar. Se agachó para ponerse a mi altura y me escuchó atentamente.
—La maestra empezó a repartir pasteles y bombones que habían traído los
Reyes Magos. Le dije que los Reyes Magos no existen para los pobres y me obligó
a sentarme en el suelo. Le he dicho delante de toda la clase que no creo en
mentiras y que únicamente las madres ricas pueden hacer regalos a sus hijos.
Mientras acariciaba mis mejillas
con la palma de sus manos, me miró fijamente a los ojos y dijo:
—Isadora, no hay Reyes Magos; no
hay Dios; no hay nada más que tu propio espíritu que pueda ayudarte.
Aquella noche, mis hermanos y yo nos sentamos a sus pies y nos leyó un
pasaje de la obra de un político agnóstico: Bob Ingersoll.
—Las manos que ayudan son más nobles que los labios que rezan.
Concluyó, mientras cerraba el libro, convencida de que en su situación,
el sentimentalismo carecía de sentido.
Mi verdadera educación se realizaba por las noches cuando mi madre nos
tocaba piezas de Beethoven, Schumann, Schubert, Mozart o Chopin y nos leía con
voz clara o aterciopelada, fragmentos de las obras de Shakespeare, Shelley,
Keats o Burns. En mi afán por imitarla, recitaba con verdadera afectación:
¡Me estoy muriendo, Egipto, muriendo!
Velozmente decrece la roja corriente vital.
Eran horas
encantadas donde la magia se apoderaba de nuestra casa y jugábamos a interpretar
los más variopintos sentimientos humanos. También aprendí a desenvolverme en un
mundo despiadado, desde muy temprana edad. Yo era la más audaz de toda mi
familia. Cuando no teníamos nada que comer, era a mí a quien enviaban a la
carnicería o a la panadería para renovar el crédito. Valiéndome de argucias y
promesas, conseguía traer algunas chuletas de cordero para la cena. Consiguiendo
engañar a los despiadados carniceros, logré manejar, años más tarde, a los
despiadados empresarios.
A los diez años recogí mis cabellos en un moño alto, proclamé a todo el
que venía a mi casa para recibir lecciones de baile que tenía dieciséis, y se lo
creyeron. Dejé
la escuela
pública y pronto, las familias adineradas de San Francisco me solicitaban para
enseñar mi arte a sus hijos. Siendo todavía muy joven, viajé con mi familia por
todo el mundo para formarme en las arte clásicas. Trabajamos todos muy duro
para poder costearnos los pasajes. A pesar de alojarnos en habitaciones
inmundas, tengo maravillosos recuerdos de las horas pasadas en el Louvre, en el
Museo Rodin de París y en el National Gallery de Londres, estudiando
minuciosamente cada detalle de las estatuas y pinturas griegas. A Raimundo, mi
hermano, le apasionaba dibujar los vasos griegos de las galerías del Louvre.
—¡Mira! ahí está Dionisios—exclamaba, mientras yo esbozaba unos pasos de
baile frente a él —espera un momento, tengo que dibujarlo.
—Ven aquí; mira a Medea matando a sus hijos— le decía horrorizada,
llamando ansiosamente su atención.
Danzaba en los salones de la
aristocracia descalza, con el pelo suelto, sin maquillaje, vestida con túnica
blanca y transparente, una presencia etérea, lejos de las estrictas reglas del
ballet. Un día encarnaba a la rubia Segelinda reposando en los brazos de su
hermano Sigmundo, al día siguiente era Brunilda llorando a su perdida deidad y
luego, Kundry lanzando sus salvajes improperios bajo la fascinación de
Klingsor. Fueron años donde los hombres más inteligentes y cultos de Europa me
admiraban solicitando mi compañía. Al entrar en escena, todos exclamaban:
“Isadora, nuestra ninfa griega, eres cautivadora”.
Me enamoré de muchos hombres pero el matrimonio no figuraba entre mis
aspiraciones. Tuve dos hijos de dos hombres distintos, lo que me valió el
desprecio de muchos y la alabanza de algunos. Dreirdre fue el fruto de una
relación loca e inconsciente con el escenógrafo inglés Gordon Graig, calificado
por mi madre como “el vil seductor”. Ahora desde la distancia de los años, me
doy cuenta que sólo estábamos unidos por una pasión descontrolada y unos
proyectos profesionales sólo centrados en su obra.
—¿Por qué no dejas eso? —cuestionaba, refiriéndose a mi arte— ¿Por qué
quieres ir al teatro y agitar los brazos?¿Por qué no te quedas en casa
afilándome los lápices?
—Mi querido Gordon —le contestaba irónicamente—, ¿por qué no me acompañas
en mi próxima gira, necesito quién se ocupe de mi guardarropa.
De Paris Singer, hijo del magnate de las máquinas de coser, tuve mi
segundo hijo Patrick. Al principio de nuestra unión, aparecía con regalos.
—Querida, ¡mira qué magnífica joya engarzada con diamantes!
—Es preciosa, cierto, pero con el valor de esta gargantilla, podríamos
sufragar los gastos de mi escuela de baile durante algunos meses. ¿No te
importa que la devuelva?
—No, no me importa, eres tan bella que no necesitas adornos.
Me separé de Paris huyendo de lo que consideraba un cautiverio y dispuesta
a recobrar mi libertad, sin sospechar que la desgracia rondaba nuestras cabezas
como si de un maleficio se tratara. Pronto, me ofrecieron protagonizar un
espectáculo en París que tuvo mucho éxito. Agobiada por un exceso de trabajo,
le pedí a la institutriz que llevara a mis
hijos de excusión a Versalles. Subieron al coche; al despedirme besé el cristal
que nos separaba y sentí en los labios una sensación glacial que me estremeció.
Observé cómo se alejaban; una profunda zozobra inundó mi corazón. Jamás volví a
verlos vivos. Al tomar la curva, el coche se despeñó por un puente,
tragándoselo el Sena. Quise morir pero, en aquel momento, no tuve el valor
suficiente para hacerlo. Durante días, estuve tentada al ver los somníferos
sobre el tocador. En una ocasión, volqué el pequeño frasco en la palma de mi
mano, conté veinte píldoras y me dispuse a llevármelas a la boca. Una voz
interior me lo impidió:
—No lo hagas, Isadora, amas demasiado la vida.
Y es cierto. Amo demasiado la vida.
Me alejé de los escenarios durante un tiempo; volqué toda mi energía y
cariño en los niños de mi escuela de baile. Atraída por la Revolución Rusa,
decidí trasladarme a aquel país. Coseché muchos éxitos entre los
revolucionarios que me veneraban como a una de sus camaradas. Con el dinero que
recaudaba de mis actuaciones, pude acoger en mi escuela numerosos niños que
huían de la miseria, de la guerra y de la infelicidad. Recuerdo cuando me
trajeron una niña pequeña envuelta en un manto oscuro. La tomé en mis brazos y
fui incapaz de decir que no podría aprender a bailar. El hombre que la trajo no
esperó mi respuesta. Se dio la vuelta y se marchó. Jamás volví a verlo. El
gobierno había prometido apoyar mi proyecto, pero pronto me encontré sola ante
los problemas económicos. Entonces, empecé a beber para olvidar las miserias de
aquel ambiente espartano. Conocí a Serghei Esenin, un joven poeta ruso, en una
fiesta donde el alcohol enturbiaba las mentes y exaltaba los ánimos. Me gustaba
su temperamento apasionado, el patriotismo exacerbado de sus versos y su
descontrolada manera de amarme. Fue el único hombre capaz de acabar con todas
mis reservas sobre el matrimonio y accedí poco después a casarme con él.
Necesitaba volver a encontrarme con mi público y lo convencí para regresar a
Estados Unidos. La acogida fue masiva en el puerto, aunque se levantaron
algunas voces contra los bolcheviques. En la rueda de prensa que convoqué,
Serghei espantó a los periodistas disparando balas de fogueo contra ellos. Yo
había bebido demasiado aquel día y me divertí mucho al ver cómo salían
espantados del hotel. Aquel fue el principio de mi declive profesional. Durante
mi vida con frecuencia el amor enturbió
al arte y el arte, al amor.
Me divorcié de Serghei cuando descubrí que el hombre del que me enamoré
se había convertido en una patética caricatura de sí mismo. Volví a Europa para
intentar reconducir mi carrera. Los admiradores que, en otro tiempo, llenaban
los teatros me habían abandonado y sin contratos mi vida se precipitaba
irremediablemente hacia el abismo. Seguí luchando, pero los empresarios no
confiaban en mí y pronto fui relegada al anonimato más absoluto. Un año
después, supe por los periódicos que los problemas mentales de Serghei lo
habían llevado al suicidio. Aquella noticia me conmocionó. Se confirmaban, de este
modo tan brutal, mis sospechas de que existía un extraño sortilegio que
castigaba injustamente a todas las personas que había amado. Me culpé por ello,
y prometí no volver a amar en lo que me quedara de vida.
Anoche volví a soñar con mis hijos. Allí, en las turbias agua del río
Sena, sus cuerpos inertes aguardaban, sepultados en un ataúd con ruedas. Un
enorme banco de peces custodiaba los cadáveres, rondándolos, alejándose,
volviendo a acercarse, una y otra vez, hasta impulsarlos fuera del vehículo donde
habían quedado atrapados. Los cuerpos quedaron a merced de la corriente. Los
ojos de mi pequeña Dreirdre, tan diáfanos en otros tiempos, habían tomado el
color de las veladas aguas. La sonrisa angelical de Patrick se había
transformado en una fea mueca. Hay un
silencio donde no puede haber sonido: en la fría tumba, donde ni las risas ni
los llantos tienen cabida, donde el horror ya no existe, donde el tiempo se
detiene. Una visión, que en otro momento me habría parecido terrorífica, ahora
resultaba tranquilizadora. Sus cuerpos, librados de su trampa mortal, vagarían
para siempre en libertad. Ya no existe agonía, durante demasiado tiempo anidó
en mí, aniquilando mi estado de felicidad natural. Tengo la certeza de que el
amor y el arte han sido el eje de toda mi vida.
OBITUARIO DEL NEW YORK TIMES
La célebre bailarina Isadora Duncan ha muerto, el miércoles 14 de septiembre de 19 27,
en trágicas circunstancias. El Bugatti de la señora Duncan recorría a toda
velocidad la Promenade des Anglais en Niza, cuando la estola
de seda que rodeaba su cuello, la misma que había agitado ante la multitud a su
regreso a Estados Unidos, se enredó en unas de las ruedas posteriores del
vehículo. La ninfa, como todos la
llamaban, salió despedida por un costado del vehículo y se precipitó sobre la
calzada de adoquines. Fue arrastrada durante unos metros con una fuerza
terrible, hasta que el conductor, alertado por los gritos, consiguió detener el
coche. Los servicios médicos atendieron a la víctima, pero sólo pudieron constatar
el fallecimiento por estrangulamiento, de forma casi instantánea. Murió a los
cuarenta y nueve años, sin poder evitar el abrazo homicida. Según el testimonio
de sus amigos, sus últimas palabras fueron: “Me voy al amor”. Digno final de
una existencia romántica pero extravagante.
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jueves, 13 de septiembre de 2012
EL PERFUME DE LAKSHMI
—¿Cuidarás
de mi apartamento en mi ausencia? Espero no causarte ninguna molestia, sólo se
trata de regar las plantas.
—No
es ninguna molestia. Me encargaré personalmente —aseguró Javier, entusiasmado y halagado por esa muestra de confianza de su vecino Miguel, la primera en muchos
meses de cordial relación vecinal.
Hacía un año que Miguel García se había mudado
a aquel ático con su mujer Ana, después de reformarlo enteramente, lo que le
valió las críticas de sus vecinos. “¡Qué se habrá creído!”, no tardó en lanzar en
una reunión de la comunidad, Angustias, la vecina del bajo, resumiendo así el
sentir general. Javier Abellán, contable de profesión, se encargaba de llevar
las cuentas de la comunidad ciñéndose a lo que se esperaba de él. Sin embargo,
con su habitual pragmatismo, pensó para sus adentros que aquello era un
derroche, teniendo en cuenta que los inquilinos anteriores sólo habitaron en él
un año y aquel ático era el mejor de todos. Tampoco Miguel accedió a enseñar
aquella joya, a pesar de las descaradas insinuaciones de Angustias. Aunque
Javier se moría de ganas de visitarlo, procuraba no mostrar el interés que le
suscitaba la deidad hindú que ocupaba el recibidor. Las veces que fue a llevarle
los recibos del pago de la comunidad a su vecino, quedó embriagado por el fino
olor a incienso que acarició sus fosas nasales y delante de la estatua, creyó
sentir el cálido abrazo de múltiples extremidades. Aquel exotismo había
disparado su imaginación y llegó a soñar en varias ocasiones que, detrás de
aquel tabique que no dejaba entrever el salón, se escondía un mundo de
sensaciones nuevas y hasta extravagantes. Había fantaseado con plantas
trepadoras, pájaros exóticos y bailarinas orientales, una de ellas tenía la
cara y el cuerpo de Ana, la mujer perfecta. Porque Ana era una belleza, la más
elegante y sensual que jamás había visto Javier y olía bien. No como la cajera
del súper que usaba una colonia que llegó a producirle dolor de cabeza, sino más bien como aquellas chicas
que trabajaban en los grandes almacenes en la sección de perfumes caros. Sin
embargo, Javier que estaba dotado de una gran memoria olfativa porque solía
pasar muchas tardes allí registrando cada fragancia, no conseguía asociar aquel
perfume tan característico con ninguna marca comercial.
—Nos
marchamos mañana temprano. Estaremos fuera una semana, toma las llaves y mi
teléfono por si ocurriera algo.
Javier
clavado delante de la puerta de entrada del ático, las tomó y contempló en la
palma de su mano un pequeño llavero con una figura en miniatura, la misma que
la estatua del recibidor y preguntó a su interlocutor:
—¿Cómo
se llama esta diosa?
—Lakshmi,
la diosa de la riqueza y de la belleza. ¿Te interesa el tantrismo?
—¿El
tan qué?
—Olvídalo.
Recuerda: riega cada dos días, es suficiente. La regadera está en la terraza
junto al grifo. Gracias de antemano.
Antes
de que Javier pudiera articular unas palabras de despedida, sintió cómo el
aire, que levantó la puerta al cerrarse, le abofeteó.
—¿Quién
era? —la voz de Ana se oyó clara desde el otro lado de la puerta y Javier aguzó
el oído, atraído por su musicalidad.
—El
imbécil del 2ºA. Ignorante… Ya me estoy arrepintiendo de hablarle confiado mis
plantas.
—Mis
plantas, mi casa… Estás un poco pesadito con tus cosas. Parece un buen hombre,
aunque un poco soso…
El
ruido del ascensor subiendo lo puso sobre aviso y enfiló rápidamente el pasillo
en dirección a la escalera. No podía creerlo, Ana pensaba que era un buen
hombre. Pero eso, ¿qué significaba? Tal vez que le daba lástima o que lo
apreciaba o porque no, que podría llegar a gustarle. Como todos los grandes
tímidos, Javier no era capaz de mostrar naturalidad ante una mujer que le
gustara, y Ana le gustaba mucho. En cuanto a Miguel, verían quién de los dos
era el más imbécil. Bajando las escaleras, Javier jugaba alegremente con las llaves en la palma de su mano.
—Buenas
tardes, Angustias —se aventuró a gritar al pasar por la puerta de su vecina del
bajo.
—Buenas
tardes —oyó como le respondían.
—Educada
sí que es… —ironizó al salir del edificio, hablándole a la pared.
Al
día siguiente, fue a trabajar. Se tomó sólo diez minutos de la media hora del
bocadillo y salió un poco antes del trabajo. Al entrar en el apartamento de los
García, Lakshmi pareció sonreírle. Respiró hondo, era un aire puro y dulzón.
Cruzó el recibidor. Miró a su alrededor, ni rastro de las trepadoras, ni de los
pájaros exóticos y menos de las bailarinas contorsionistas. Quedó un poco
decepcionado. Pero pronto, sus sentidos se vieron atrapados por la luz que se
filtraba por el gran ventanal. La diosa le estaba dando la bienvenida. A pesar
de la sofocante temperatura exterior, el piso se mantenía fresco. Se preguntó
si las plantas tenían algo que ver con la temperatura ambiente. Se paseó por el
salón pisando una alfombra de fibras naturales, tocando con su dedo índice el
sofá rinconera blanco roto que ocupaba el centro de la habitación. Encima de
una mesilla baja, un libro llamó su atención. Se imaginó a Ana, en camisón, con
el cabello húmedo, recostada sobre el respaldo del sillón, leyendo. Ojeó el
libro que se titulaba: La fuerza del cariño. No entendía nada de Literatura,
pero aquel título por lo menos era romántico. Y si fuera de Miguel. Imposible,
era un presuntuoso sin sensibilidad. Se dirigió a la terraza que resultó más
grande de lo que había podido sospechar desde el salón, llenó la regadera de
agua y regó abundantemente las macetas. La pequeña selva tropical empezó a
renacer. Se levantó una ligera brisa que mecía toda la vegetación. Mientras
hablaba con las plantas, Javier recordó la pequeña venganza que había planeado
el día anterior. Ya no sería capaz de dejar morir tanta belleza. La tarea le
había llevado más tiempo de lo que había creído en un principio e inspeccionó
la terraza en busca de alguna manguera que le facilitara el trabajo. La
encontró escondida en un pequeño trastero. Su estómago gruñó, sólo con
alimentar sus sentidos no era suficiente, así que se marchó. En la entrada, se
acercó a la estatua para verla de cerca. Aquella imagen de vivos colores
ejercía un extraño poder sobre él. Le acarició el rostro, luego la redondez de los
pechos. Tenía un tacto suave y hasta cálido. Se preguntó de qué material estaba
hecha. Acercó su nariz a la boca de la diosa que desprendió un fino perfume que
identificó inmediatamente. Olía a Ana. Embriagado, cerró los ojos ofreciendo
sus labios. También era acogedora la boca. Pareció sentir cómo le devolvía el
beso en señal de despedida. Pero, quizás fuera fruto de su desbordante
imaginación.
Por
la tarde, estuvo tentado mil veces de volver al piso como el que espera
encontrarse con una amante apasionada, pero resistió hasta el día siguiente a
las seis de la tarde. Buscando en Internet se topó con la leyenda de Lakshmi,
una bonita historia que venía a
confirmar que aquella casa estaba bendecida y Ana era la portadora de la buena
fortuna. Durante todo aquel día, con la imaginación, había recorrido cada una
de las habitaciones, abriendo los cajones, fisgando en las estanterías,
descubriendo los secretos de sus vecinos. En el cuarto del matrimonio, como un
perro de caza, había olisqueado el rastro de su adorada en la almohada, en las
sábanas, en la ropa de Ana y hasta en sus zapatillas. Había tocado, olido y
besado cada objeto que sospechaba pertenecía a su amada. Al llegar al ático, siguió
paso por paso lo que había planeado durante la tarde y las sensaciones que
obtuvo fueron más excitantes que su propia fantasía. En el vestidor, delante
del espejo que ocupaba toda la pared, se desnudó y se probó la ropa interior de
ella. Eligió unos zapatos de tacón de aguja y se los puso. Consiguió
enfundárselos a duras penas, aunque le quedaban un poco pequeños. La mirada
perversa, que lo observaba desde el otro lado del espejo, aumentó su ardor. Anduvo
contoneándose sin perder de vista a su recién descubierto voyeur y luego, escogió del ropero de Ana una falda amplia y una
camiseta de algodón, la ropa que llevaba el último día que se la encontró en el
súper. Completó su atuendo con una peluca rosa que le quitó a una cabeza de
maniquí. No lo lucía tan bien como ella, pero no estaba tan mal. Se volvió a
desnudar dejándose sólo las bragas y se tumbó boca arriba sobre la cama,
abrazado a la almohada. Pronto, se dejó vencer por el sueño con la imagen de
Ana sonriéndole desde la mesilla de noche. De madrugada, se despertó con las
bragas humedecidas. Se vistió y procuró dejar todo como se lo había encontrado.
Al
tercer día, estuvo tentado de llamar al trabajo alegando una falsa enfermedad,
pero se resistió a hacerlo. Se dio cuenta de que estaba perdiendo el control.
Aquello podría convertirse en obsesión;
él, que se creía dueño de su propia fantasía. Esperó hasta la tarde y nada más
llegar, emprendió su habitual tarea. El aire le trajo un olor a madreselva. Se
notó más alegre y rejuvenecido que de costumbre. En la habitación donde había
estado la noche anterior, abrió el armario de Miguel, se quitó la ropa y en su
lugar, se vistió con una camisa hawaiana, unas bermudas, perfectamente planchadas
y unas chanclas de verano. Se miró al espejo. ¡Estaba guapísimo! Se parecía a
los extranjeros que frecuentaban los bares del centro de la ciudad. Volvió al
salón. En el mini bar, encontró una botella de whisky sin abrir. Se tomó dos tragos directamente del envase,
mientras se dirigía a la cocina por un vaso con hielo. Desde luego, el sibarita
de Miguel tenía gustos caros ¡Qué pena que no tuviera televisión! Estaban
retransmitiendo un partido de fútbol por un canal privado que no había contratado.
Fue dando pequeños sorbos a su bebida mientras se dirigía al dormitorio para
probarse más ropa. Esta vez, optó por una camisa azul, un traje oscuro con
corbata burdeos y unos mocasines negros. Después de varios intentos, no
consiguió hacerse correctamente el nudo de la corbata. Volvió a la cocina en
busca de más hielo y abrió una botella de ron.
—Ron,
ron, la botella de ron —cantaba a viva voz.
Finalmente
después de tantas idas y venidas, se encontró frente al espejo. Se acercó a su
propia imagen intentando emular una sonrisa seductora, luego se alejó
frunciendo ceño. Soltó una sonora carcajada y dijo tambaleándose:
—¿Y
ahora quién es el imbécil?
Seleccionó
otro modelito, empinando la botella una y otra vez.
Al
cuarto día, se despertó tirado en el suelo del vestidor, desnudo, con la
corbata anudada al cuello a modo de bufanda y apoyada la cabeza sobre un
revoltijo de ropas. El traje y la corbata tenían unas manchas oscuras ya
resecas. Javier se acercó a olerlas. No había duda: un olor agrio le indicaba
que había vomitado sobre las prendas. Se sostuvo la cabeza con las dos manos y
miró desconsoladamente a su alrededor. Eran las nueve y llegaba tarde a
trabajar, pero no podía usar el teléfono de sus vecinos, así que se vistió
rápidamente. Al salir, evitó mirar a Lakshmi. No soportaba ser visto en un
estado tan lamentable. Una vez en su casa, llamó al trabajo disculpando su
ausencia. Tenía la tez mate y una resaca que lo tuvo toda la mañana en la cama.
Por la tarde, llegó al apartamento, cabizbajo. Desde el instituto, no recordaba
una borrachera tan descomunal. Todo le parecía tan extraño. Intentó arreglar
como pudo el desaguisado, pero aquello le iba a costar unos buenos cuartos.
Llevó toda la ropa a la tintorería y compró una botella de whisky y otra de ron. Volvió al piso, limpió concienzudamente cada
huella, cada rastro de su paso que pudiera inculparlo, como si se hubiera
cometido un horrible crimen en aquella casa. Al abrir un cajón de la mesilla de
noche, vio un paquete de tabaco sin abrir. Tuvo la tentación de metérselo en el
bolsillo. Definitivamente, aquella casa había sacado lo peor, pero también lo
mejor de él.
Al
quinto día, Javier decidió no acudir al apartamento. Volvió a su rutina diaria
queriendo olvidar todos sus desmanes, pero se sintió triste. Y si sus
propietarios no volvieran nunca. Aquella idea llegó a animarlo, pero entonces
no volvería a ver a Ana. ¿Y a quién le importaba Ana? La Ana que él quería
existía sólo en su imaginación.
El
sexto día era sábado. Se había levantado temprano para dar un paseo matinal
hasta el parque. Se tomó el tiempo de comprar el periódico y sentarse en un
banco a leer la sección de deportes. Pronto, el olor a césped recién regado se
mezcló con la algarabía que emitían un grupo de pájaros. Levantó la cabeza con
las gafas de leer sobre la punta de la nariz y sintió cómo una ligera brisa le
acariciaba el rostro destensado. Abrió los ojos lo más grande que pudo. Dos
gorriones saltarines picoteaban alegremente unas migajas de pan y se sintió
feliz. A media mañana, de vuelta de su paseo, recogió la ropa de la tintorería
y acarició con la punta de los dedos en el bolsillo del pantalón el pequeño
llavero de la diosa hindú. Al día siguiente los García llegarían temprano por
la mañana y quería disfrutar del último día que le quedaba. Estaba convencido
que Lakshmi lo estaba esperando. En el recibidor del apartamento, se paró delante
de ella, tomó una de sus cuatro manos, aquella que sostenía una flor de loto
y, recordando una frase que había leído,
la repitió en voz alta deseando que algo sucediera: “Solamente tenemos que
estar atentos para ver que nuestra vida está llena de milagros”. Pero, el
milagro no llegó. Javier estuvo durante dos horas despidiéndose de cada uno de
los objetos de aquel lugar sagrado, recordando cada emoción que había experimentado
durante los últimos días. Ya no sentía alegría ni tristeza, ni siquiera al
contemplar por última vez el rostro agradecido de la diosa. Cerró la puerta
guardando esa última imagen en la recamara de su consciencia. Al entrar en su
casa, una brisa fresca le trajo un olor inconfundible. Era el perfume de Lakshmi.
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perfume
Ubicación:
Sevilla, España
lunes, 27 de agosto de 2012
EL HOTEL MALDITO
En los años cuarenta, siendo todavía un joven universitario de Física, me
alojé en el hotel Stanley de Colorado, antes de que este establecimiento se
convirtiera en el más inquietante de Estados Unidos, con espíritus incluidos en
la tarifa. El hotel Stanley es un edificio de estilo georgiano construido en
1909, que sirvió de inspiración a Stephen King para escribir su obra más
terrorífica: ‹‹El resplandor››. Por aquél entonces, los fenómenos paranormales
de esta antigua construcción no eran de dominio público. Sólo recordarlos, me
producen, todavía hoy, un extraño y repentino escalofrío. Por lo tanto, mi
intención al elegir este hotel ubicado en las Montañas Rocosas, no era
precisamente vivir experiencias extrasensoriales ni desafiar las leyes de la
naturaleza. ¡Válgame Dios! Lo que me llevó allí fue algo más banal, simplemente
la atracción que sentía por las fotografías del Gran Cañón del Colorado de la
enciclopedia de mi padre, que tuvieron el poder de hechizarme durante toda mi
infancia.
En mis años de juventud, presumía de una mente cartesiana propensa al
racionalismo. Era un fanático de la prueba rigurosa, lo que defendía con
profundo apasionamiento. Sin embargo, los hechos que acaecieron en aquellos
días inquietantes consiguieron que todas mis estructuras mentales se
tambalearan, trastornándome de tal modo,
que a raíz de los acontecimientos que voy a relatar, comencé a aceptar la Parapsicología como
una ciencia a la altura de las que estudian
el universo observable.
Llegué a Denver el 15 de diciembre de 1940. Estaba nevando. Un gélido viento
soplaba con furor, queriendo derribar los magníficos edificios que
poblaban la ciudad. En el autobús que me llevaría al hotel, cautivado por el
paisaje nevado, pegué la nariz al cristal de la ventanilla, impregnándome de la belleza y del misterio
circundantes. Crucé un territorio montañoso muy accidentado, con bosques de
coníferas y álamos cubiertos por un manto inmaculado. Más allá del pueblo de
Estes Park, en una zona sin apenas vegetación, apareció Stanley, el hotel
maldito. Era una majestuosa edificación pintada de blanco, cuyas tejas rojas
quedaron cubiertas por la intensa nevada, mimetizándose así con el paisaje. ¡Nada
hacía presagiar que allí pasaría la noche más escalofriante de mi vida! El
hotel en sí no me gustó. Lo consideraba demasiado lujoso para el hijo de un
terrateniente como yo, acostumbrado a la vida de campo. Mi padre fue el que se
empeñó en regalarme esta estancia por finalizar mis estudios con resultados
sobresalientes. A pesar de las numerosas chimeneas encendidas, sentí al entrar un aire glacial que me estremeció. Las numerosas lámparas de arañas colgadas
del techo de los salones que iba atravesando tintineaban a mi paso,
produciéndome una inquietud que se vio reforzada por la luz artificial que
deslumbraba al recién llegado. Todo era tan impersonal. La magnificencia de
aquellos salones relucientes creaba un ambiente poco acogedor que, desde un
principio, me transmitió malas vibraciones. Después de tomar una sopa caliente
en el restaurante prácticamente vacío, decidí subir a mi habitación, la 418,
para descansar después de un día agotador. Una vez en el ascensor, tuve un mal
presagio: me llamaba poderosamente la atención que el personal del hotel
estuviera envuelto en una actividad frenética, aunque apenas se viera
movimiento de clientes. ¿Tal vez, esperen
alguna convención? Al llegar a la cuarta planta, enfilé el largo pasillo
alfombrado y, de lejos, divisé la figura de un niño vestido de blanco en un
triciclo. Iba a gran velocidad. Al llegar al final del corredor, pensé que
giraría el volante. Pero no. Atravesó el muro y desapareció. Me quedé
paralizado. Me froté los ojos intentando convencerme de que esta visión sólo
había sido el fruto de mi imaginación; pero de pronto, unas risas infantiles me
helaron la sangre. Seguro que provienen
de algunas de las habitaciones, pensé intentando razonar para recobrar la
serenidad. Inicié la marcha primero, y aceleré el paso después en dirección
a mi habitación que calculé se encontraba a mitad de la galería. Introduje la
llave en la cerradura de la 418 y, al abrir la puerta, sentí algo parecido a
una corriente de aire que consiguió apagar las
llamas de la chimenea, dejando sólo las ascuas. Entré con precipitación, buscando
a tientas el interruptor de la luz que no funcionaba. Detrás de mí, la puerta
se cerró con un golpe seco y me sobresalté. No estaba dispuesto a
dejarme invadir por el pánico. No era ningún cobarde para salir corriendo, para
dejarme vencer ante las manifestaciones de algún espíritu maligno. ¡Un momento!
Ya empezaba a desvariar. Yo, hasta entonces, nunca me había planteado que lo
que estaba viviendo fueran fenómenos paranormales. Comenzaba a dudar de mis
propias convicciones. Mis ojos se empezaron a acostumbrar a la oscuridad y de
pronto, oí el golpeteo del agua cayendo a borbotones en el fondo de la bañera,
saliendo con una presión inusual. Asustado, corrí al cuarto de baño de donde
provenía el sonido y me agaché para cerrar el grifo con todas mis fuerzas. De
repente, a mi espalda, salieron despedidos algunos objetos que estaban
colocados en la repisa, estrellándose en la losa del baño. Tenía que hacer
algo. Podrían agredirme. Así, que me armé de valor y decidí parlamentar:
—¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí?
—Mi nombre es Emily Coleman y si no quieres morir, harás lo que te pida.
La voz tenebrosa de un espíritu de ultratumba hizo temblar las cuatro
paredes de la estancia. Seguía decidido a no mostrarme intimidado por el ser
invisible que pretendía retarme.
—¿Estás amenazándome?¿Crees que asustándome vas a conseguir tu propósito?
Muerto no te serviría de nada.
—¿Cómo podría ser amistoso un espíritu condenado a vagar desde hace
veinte años? Se me ha negado poder descansar en paz y para conseguirlo, necesito que hagas algo
por mí.
Tenía una debilidad: ser sensible al sufrimiento humano, en este caso, al sufrimiento de seres incorpóreos. Así que decidí escuchar lo que tenía
que decirme.
— ¿Qué quieres que haga?
—Tú tendrás que averiguarlo. En éste mismo lugar, hace veinte años,
ocurrieron unos sucesos dramáticos. Desde entonces, estoy deambulando sin
descanso. Si quieres salvar tu vida, busca entre éstas cuatro paredes. Las
pruebas están aquí. Busca y encontrarás. Tienes hasta el amanecer. En caso de
que fracases, perderás la vida y yo seguiré vagando por los siglos de los
siglos. Volveré al alba para cobrar mi tributo. No intentes escapar. Las
fuerzas del más allá son más fuertes que la propia naturaleza.
Las últimas palabras del espectro quedaron grabadas en mi mente y las iba
repitiendo una a una para no olvidarlas. Estaba en juego mi vida. A pesar de
la advertencia del espíritu, intenté salir de allí, sin éxito. Ni los gritos que
lancé ni los golpes que le asesté a la puerta fueron oídos. Pensé que un poder
sobrenatural había usurpado la lógica marcha del universo y que tendría que
cumplir con la misión que me habían encomendado. Las horas pasaron rápidamente.
Notaba encogido mi ánimo. La angustia, agazapada en la boca del estómago, me
creó un vivo malestar. Había inspeccionado palmo a palmo cada rincón de la
alcoba. A mi alrededor, todo estaba manga por hombro y no conseguía hallar
ningún indicio que me hablara del misterioso enigma. Mi mente bullía. Mis dedos
tentaron nerviosamente los muebles queriendo encontrar alguna trampilla donde
se podrían esconder unas cartas o unos documentos. Estaba desesperado. Me
aventuré a introducirme dentro de la colosal chimenea, después de que el fuego
se hubiera apagado definitivamente. Mis manos palparon los ladrillos laterales.
Con los nudillos, golpeé el muro. Sonaba hueco. Con el atizador, seguí rascando
la pared con todas mis fuerzas hasta que las rasillas se desprendieron, una a
una, dejando entrever un esqueleto. Me sobrecogí al pensar lo terrible que
había tenido que ser morir emparedada. Las piezas iban encajando. Sin embargo,
no era suficiente. Tenía que seguir buscando. Seguir buscando hasta
desfallecer. ¿Quién era Emily Coleman? Continué con el registro del cuarto y me
propuse despegar el pesado armario del tabique. Yo no era precisamente un
hombre fuerte y la empresa se me reveló más difícil de lo que pensaba. Lo
conseguí finalmente basculando el mueble una y otra vez. En la parte trasera
del ropero de roble, la madera era menos gruesa. Tocando los cantos se
desprendió una parte móvil. Era un compartimento secreto donde unas cartas
amarillentas anudadas con una cinta descolorida y un enigmático sobre cerrado
fueron celosamente depositados. Por la ventana de la habitación, se filtró una
tenue luz que anunciaba el amanecer de un nuevo día. Sentí renovarse mi ánimo y
cómo la esperanza recobrada me enardecía. Tomé el sobre en mis manos y
ávidamente lo desgarré. Un viejo recorte de periódico del Estes Park Trail-Gazette y una carta firmada por Emily Coleman me
desvelarían el secreto mejor guardado.
El semanario decía: ‹‹El 16 de diciembre de 1920, han sido hallados los
cadáveres de Joshua y Mary Coleman, de 4 y 6 años, en la cuarta planta del
Hotel Stanley de Colorado. Los niños fueron asesinados con una escopeta de
cañón recortado. Según las declaraciones del personal del establecimiento,
solían jugar cerca de la habitación 418 donde se alojaban sus padres, John y
Emily Coleman. Se ha ordenado la busca y captura de los progenitores. La Policía ha iniciado una
exhaustiva investigación para esclarecer el móvil del crimen. Según testigos
presenciales, John Coleman, el director del hotel, es el presunto autor de este
atroz asesinato››
Leí detenidamente la crónica y reparé en la fecha: se cumplía
precisamente 20 años del asesinato. No podía ser casualidad, sino un cúmulo de
causalidades. La carta de Emily decía así:
‹‹Dentro de
pocas horas dejaré de existir poniendo fin al tormento que ha sido mi vida
desde mi matrimonio con John Coleman. Él ha cegado la vida de mis hijos como
castigo por no amarlo. ¿Quién puede querer a una bestia salvaje capaz de tal
atrocidad? Mi corazón nunca le perteneció,
se lo entregué al único hombre que he amado y amaré para siempre. Mis intentos
por proteger a mis pequeños no fueron suficientes. Estoy cansada de esconderme.
Sé que la fiera anda al acecho y pronto me alcanzará. Los celos y la locura han
conseguido destrozar todo en lo que he creído y amado en mi vida. Si algún día esta carta ve la luz, no me
juzguen por lo que voy a hacer, sino por el amor que entregué.
Que Dios se
apiade de mí.
Emily Coleman››.
Después de leer detenidamente la
carta de despedida, llegué a la conclusión de que veinte años era demasiado
tiempo para una penitencia. Descanse en paz, Emily.
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martes, 22 de mayo de 2012
AMOR IMPOSIBLE
Ayer descubrí en el rostro de mi hijo que estaba condenada. La debilidad
que se adueñó de mi cuerpo, hace algunas semanas, pronto de manera irremediable
afectará mi mente.¿Por qué lo sé? Porque lo sé. Todos eluden las preguntas que
me atreví a hacerles, lo veo en sus ojos, pero ayer la congoja de Heinrich
respondió a todos mis temores. Antes de mi fatal desenlace, quisiera confesar la
pasión que sentí por el que fue el amor de mi vida. Nunca pude averiguar si fui
correspondida, ya que esta relación no transgredió los límites aparentes de la
cortesía y de la propia amistad entre dos jóvenes. Puede parecer extraño que
después de veinte años, rompa este silencio. Sin embargo, los sentimientos que
aún albergo en mi interior, me demuestran que lo que no fue y pudo ser, no
puede morir conmigo. Un amor tan puro merece ser exaltado, no condenado. Pero
empecemos por el principio.
Por aquél entonces, estaba yo casada con Alexander Petronov, un
diplomático ruso con un prometedor futuro, que nos llevó a recorrer toda
Europa. Con dieciocho años, ya estaba casada y con diecinueve tuve a mi único
hijo. Le puse a la criatura el nombre de Heinrich, haciendo honor a la
tradición familiar. Alexander era un hombre apuesto y educado, diez años mayor
que yo, que sabía moverse entre la alta sociedad a la cual yo pertenecía. Mi
familia de origen alemán siempre había deseado que yo hiciera un buen
matrimonio y Alexander era el mejor partido de todos mis pretendientes. Supo enamorarme con toda clase de atenciones. En pocos meses, nos casamos sin apenas conocernos. Los
dos primeros años de mi matrimonio, fui muy feliz hasta que descubrí que una
vez conquistado mi corazón, yo había dejado de interesarle. Notaba que le
aburría profundamente y dejó de ser el encantador hombre que me fascinó en el
baile de mi presentación en sociedad. Su carácter se agrió. Lo notaba taciturno
por las mañanas e impacientes por las tardes. Cualquier cosa que hiciese o
dijese era motivo de reproche. Mis intentos por agradarle fueron inútiles y ya
por entonces, se dedicó a conquistar mujeres. Se entregó a este juego con
apasionamiento, dilapidando su fortuna y mi dote.
Los años siguientes fueron muy tristes para mí, a pesar de encontrarme en París, la ciudad que encarnaba la alegría de vivir del Segundo Imperio. Mientras mejor trataba a mi marido, peor se portaba. Los consejos de mi madre no ayudaron a solucionar las continuas crisis matrimoniales. Mi hijo ocupaba todo mi tiempo y hasta dejé de aparecer en sociedad, a causa de las habladurías y los continuos comentarios que me hacían abiertamente nuestras amistades. Me encontré sola, a pesar de estar rodeada de gente. Alexander me recriminaba mi falta de entusiasmo por las reuniones sociales y mi desinterés por sus amigos. Consideraba que aparecer en esas fiestas era fundamental para escalar puestos en la sociedad. Empujada por su insistencia, aquél día de primavera, me arreglé para salir. Se estrenaba en la Ópera de París “Giselle”, un ballet romántico que produjo gran expectación entre los que frecuentaban los salones de Madame de Langeais, una baronesa muy rica que reunía los artistas e intelectuales de la época. Poco después de llegar al Palacio Garnier, Alexander me dejó sola en el palco durante media hora, una falta de tacto que no le perdoné aquella vez. Yo estaba avergonzada e intenté disimular leyendo el libreto que me habían entregado a la entrada. Sabía que mi comportamiento sería objeto de burla entre los asistentes y procuré mantenerme lo más digna posible, hasta que apareció en la entrada del palco Madame de Langeais.
Los años siguientes fueron muy tristes para mí, a pesar de encontrarme en París, la ciudad que encarnaba la alegría de vivir del Segundo Imperio. Mientras mejor trataba a mi marido, peor se portaba. Los consejos de mi madre no ayudaron a solucionar las continuas crisis matrimoniales. Mi hijo ocupaba todo mi tiempo y hasta dejé de aparecer en sociedad, a causa de las habladurías y los continuos comentarios que me hacían abiertamente nuestras amistades. Me encontré sola, a pesar de estar rodeada de gente. Alexander me recriminaba mi falta de entusiasmo por las reuniones sociales y mi desinterés por sus amigos. Consideraba que aparecer en esas fiestas era fundamental para escalar puestos en la sociedad. Empujada por su insistencia, aquél día de primavera, me arreglé para salir. Se estrenaba en la Ópera de París “Giselle”, un ballet romántico que produjo gran expectación entre los que frecuentaban los salones de Madame de Langeais, una baronesa muy rica que reunía los artistas e intelectuales de la época. Poco después de llegar al Palacio Garnier, Alexander me dejó sola en el palco durante media hora, una falta de tacto que no le perdoné aquella vez. Yo estaba avergonzada e intenté disimular leyendo el libreto que me habían entregado a la entrada. Sabía que mi comportamiento sería objeto de burla entre los asistentes y procuré mantenerme lo más digna posible, hasta que apareció en la entrada del palco Madame de Langeais.
—¡Buenas noches! querida Frida, te presento Monsieur Émile de
Trintignant. Levantándome de mi asiento
para atender a los visitantes, ofrecí mi mano al joven que acompañaba a mi
amiga.
—Encantado. Había oído hablar de usted pero hasta ahora no había tenido
ocasión de verla en la Ópera —me dijo besándome la mano, al tiempo que me
miraba a los ojos—. Es usted más bella de lo que me habían dicho.
Fue un amor a primera vista. Desde ese día, Émile entró a formar parte de
mi vida. Los pocos minutos que hablamos aquél día y la atracción que sentí por
él desde el principio fueron suficientes para alborotarme. Sin embargo, a pesar
de que este sentimiento fuera creciendo en mi interior, jamás se lo confesé. Es
más, tampoco me di cuenta que era amor hasta mucho tiempo después; lo
disfrazada en un sentimiento de amistad recíproca. Algo natural, no podía
olvidar que estaba casada. Para mí, la estabilidad de mi hijo era más
importante que mi propia felicidad. Aunque no fuera buen marido, en aquel
momento pensaba que Alexander era un buen padre. Mi hijo lo adoraba y yo nunca
habría hecho algo que Heinrich pudiera reprocharme. Durante cinco años, Émile y
yo, cultivamos una amistad donde compartimos inquietudes intelectuales y con el
tiempo, aprendimos a conocernos personalmente. Mi afición por la Literatura me acercó a
su profesión de escritor y se estableció entre nosotros una conexión de ideas
que no pasó desapercibida a nuestro entorno. En el salón de Madame de Langeais,
disfruté de los momentos más exquisitos de toda mi juventud. Nunca olvidé
aquellos años: fueron los más felices de toda mi vida. Desgraciadamente, no sólo
debía ser honrada, sino parecerlo y las malas lenguas se encargaron de
destrozar mi reputación. Alexander se volvió más desconfiado que nunca y me
prohibió asistir a las reuniones con mis amigos. Fue un castigo cruel y
desconsiderado, después de estar luchando contra un amor imposible. Le envié
varias cartas a mi padre, desesperada por el enclaustramiento que me impuso al
dudar de mi honradez. Le comuniqué mi deseo de abandonar a mi esposo y
convencido de mi infelicidad, accedió a venir a París para “negociar” mi
salida. Así me sentí: una moneda de cambio. Pasé de nuevo a la tutela de mi
padre y Alexander consintió en dejarme ir con mi hijo. Con treinta y tres años
era menor de edad y consentí que siguieran jugando con mi vida. Una mañana de
otoño, salí de París, llevándome a
Heinrich y mis recuerdos. Una vez en Alemania, a través de un abogado,
tramitamos el divorcio. Nunca más volvería a ver a Alexander, tampoco volvió a
ver a su hijo. Se casó un año después de mi salida del país. Durante estos
veinte años, no supe nada de mi amor platónico. A veces, creo verlo aparecer en
la ópera entre los asistentes, se acerca, me besa la mano, como el día de
nuestro primer encuentro.
—Es usted más bella de lo que me habían dicho.
viernes, 13 de abril de 2012
SOSPECHAS (II)
—Perdone, ¿es
usted Pilar Ramos Buendía? —dijo Marco al dirigirse a una mujer de mediana edad
sentada frente a una pantalla de ordenador.
—No, ahora la
aviso —contestó ella con voz átona, sin desviar la mirada del monitor.
Marco entró en
aquella Agencia Inmobiliaria convencido de que necesitaba dar un giro a su
vida. Pensaba que un cambio de escenario sería un acicate para Alicia, su mujer,
una manera de ilusionarla. Últimamente, sus ataques de celos habían enturbiado
la paz del hogar. El día de San Valentín sería un momento propicio para
regalarle la casa de sus sueños.
Se mantuvo de
pie durante unos minutos, esperando instrucciones de la secretaria que
permanecía inmóvil e inexpresiva. Carraspeó intencionadamente y aguardó sin
obtener reacción alguna. Miró a su alrededor, una joven pelirroja con aspecto
desgarbado lo escrutaba con la mirada. Por un momento llegó a imaginar que
sacaría una cinta métrica del bolsillo para medirlo por todas partes. Marco
miró su chaqueta en busca de una mancha que no hubiera detectado antes. Se
palpó los labios y la barbilla por si hubiera algún rastro de espuma de
afeitar. Todo perfecto. La chica esbozó una media sonrisa que quiso ocultar
tras la revista que sostenía entre las manos. Ya había conseguido ponerlo
nervioso. Buscando un registro de voz grave para disfrazar su inquietud, se
decidió a interpelar a la administrativa.
—Por favor, ¿podría usted avisarla? Tengo cita a las cinco.
Aquellas palabras parecían haber
acariciado sus oídos. La mujer echó una ojeada por encima de sus gafas y se las
quitó precipitadamente, escondiéndolas en un cajón.
—Perdone
señor, ¿quiere usted sentarse mientras informo a la señorita Ramos de su
llegada?
Se levantó
ajustándose la falda que ceñía sus anchas caderas y se alejó contoneándose como
si estuviera en una pasarela de moda. Mientras tanto, Marco curvó los labios
hacia un lado en un rictus irónico, tomó asiento en un sillón de cuero y sacó
su teléfono móvil con la intención de
hacer la espera más corta.
—Buenas
tardes, señor Ruipérez.
Marco alzó la
vista. Una mujer que debía rondar los cuarenta años, vestida con traje sastre
gris, lo saludó con una sonrisa franca. Se fijó en su rostro lleno de arrugas.
Lejos de envejecerla, le conferían una juventud que trascendía la edad. Parecía
agradable y atractiva, de manera que Marco sintió por ella una simpatía
instantánea. Pasaron a su despacho. Mientras le explicaba las características
de las casas que había seleccionado, según las indicaciones que le había dado
por teléfono, Marco se fijó más detenidamente en ella. Era alta y delgada,
apenas tenía pecho y curvaba con frecuencia los labios hacia un lado en un
gesto irónico. Estuvieron estudiando los planos de las casas durante unos
veinte minutos. Marco se dejó aconsejar, parecía que había captado
perfectamente lo que buscaba. Finalmente, eligió un pequeño chalet de dos
plantas, con porche trasero y delantero, piscina y trescientos metros de
jardín. La agente no había descuidado ningún detalle, todo estaba estudiado al
milímetro: descripción detallada de la propiedad, calidades de los materiales,
formas de pago; sólo quedaba que dieran su visto bueno y firmaran el contrato.
—En sus manos
dejo todo este asunto —dijo Marco con una sonrisa de satisfacción, tendiéndole
la mano para despedirse―. Espero su llamada con el fin de que me notifique la
próxima cita. Un momento preferiría que no me llamara, mejor me comunica la
fecha y hora por SMS, quiero darle una sorpresa a mi mujer.
Mientras
entraba en el ascensor, Marco se imaginó la cara que pondría Alicia al ver la
casa. Hacía tiempo que no la veía de buen humor. Al salir a la calle, el sol se
reflejaba en los cristales de los coches aparcados. Abrazado al calor de los
rayos multicolores, se perdió entre los viandantes con una sonrisa en los
labios.
‹‹TE MATO››. La
voz de Alicia retumbó en la cabeza de Marco, que se incorporó bruscamente en la
cama. La horrible pesadilla le había dejado un sabor amargo y una extraña sensación
como si alguien o algo estuviera sentado encima de él, oprimiéndole el pecho.
Alargó el brazo en la oscuridad hasta rozar el cuerpo de Alicia y lo mantuvo
así durante unos minutos, al tiempo que adivinaba el roce de su aliento sobre
la piel. Por mimetismo, la respiración de Marco fue recobrando la normalidad.
Necesitaba sentir la cercanía de aquel cuerpo cálido e inactivo para espantar
los fantasmas de la noche y lo atrajo suavemente hacia él. No recordó ningún
detalle del sueño pero le quedó grabada la imagen de ella con un hacha en la
mano amenazándolo al salir de la ducha. Su mente ahuyentó sistemáticamente
aquella espantosa escena, aduciendo a toda clase de argumentos, llegando a la
conclusión de que los sueños sueños son. Poco a poco, fue abandonándose a un dulce
letargo sucumbiendo a un estado de somnolencia.
A la mañana
siguiente, Marco se despertó de muy buen humor. Los rayos de sol que se
filtraban por la ventana lo deslumbraron. Acercó los labios a los cabellos de
Alicia que parecía estar dormida todavía y selló con un beso todo su amor. La
señorita Ramos le había confirmado el día y la hora de la cita para enseñarle
la casa a su mujer. Ahora sólo necesitaba planear concienzudamente la manera de
llevar a Alicia sin que ella sospechara nada. Pero eso, lo pensaría más tarde.
Se dirigió al cuarto de baño para darse una ducha. El agua caliente tonificó
sus músculos. Mientras se enjabonaba, cantaba a viva voz “La donna è Mobile” de Verdi.
De repente tuvo un déjà vu y los angustiosos
recuerdos de la noche pasada acudieron uno detrás de otro:
Alicia
inspeccionando su cartera. Alicia memorizando los datos de una tarjeta de
visita.
Cerró el grifo
de la ducha y buscó la toalla para secarse.
Alicia apropiándose
de su teléfono móvil. Alicia leyendo sus mensajes.
Abrió la puerta
del armario en busca de la maquinilla de afeitar eléctrica y la cerró con un
ruido sordo.
Presa de un
sobresalto, Alicia desasiéndose del móvil sobre el cristal de la mesilla de
noche.
Conectó el
aparato a la red y empezó a afeitarse con movimientos circulares.
Alicia volviendo a empuñar el teléfono. Alicia escudriñando ávidamente la pantalla.
Alicia volviendo a empuñar el teléfono. Alicia escudriñando ávidamente la pantalla.
Desconectó la
maquinilla y la colocó sobre el lavabo. Empuñó la loción para después del
afeitado y se la aplicó con un ritual que parecía ensayado.
Alicia, con
manos temblorosa soltando el móvil. Alicia bisbiseando un galimatías incomprensible. Alicia,
poseída por una fuerza oculta, agarrando un hacha.
En ese preciso
instante, aterrorizado, Marco cruzó el umbral de la puerta dispuesto a esquivar
la brutal embestida.
Alicia armada con un bote de crema le dijo:
―Cariño,
quieres que te dé un masaje.
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