CITAS

Hay días que amanecen sólo para que uno pueda seguir soñando. Días en los que uno siente que el lance merece la pena, que el latido sigue ahí y que ni puedes ni quieres prescindir de él, que es posible derrotar miedos y vencer temores. Días en los que la magia de una sonrisa acude para salvar tu alma. Días en los que un gesto cómplice o una mirada en eterna sorpresa son capaces de ordenar el desorden de tu mundo puesto del revés. Días en los no cabe más la ternura. Días en los que el tiempo se detiene y el resto del universo carece de toda importancia.

Hay días en los que uno se alegra de estar vivo. O de que exista alguien que le haga sentirse así. Vivo. (Pedro de Paz)






martes, 27 de diciembre de 2011

LA REBELIÓN DE LAS LETRAS


                                                                                           
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 Congregaron a todas las letras del alfabeto para una reunión urgente.
—¡No puede faltar ninguna! —vociferó el portavoz del Consejo de los Reales Académicos, un Peón del tablero de ajedrez, el más estirado de todos.
Las letras se habían levantado tarde aquél día y, con sus tareas a medio hacer, tuvieron que acatar aquella orden tan inoportuna.
—¿Qué tendrán que decirnos esta vez? —preguntó la Eme harta del caos reinante.
—Otras de sus tonterías, seguramente —afirmó la Zeta sin demasiada prisa. Se había acostumbrado a ser la última en todo.
—A mí, me cambiaron el nombre, ahora me llamo Ye en lugar de Y griega. ¡Es ridículo! Toda la vida buscando una identidad que te arrebatan en un segundo. Yo ya no sé quien soy.
—A mí, me quitaron el acento. Dijeron que era para “evitar ambigüedades”. Todavía no sé que querían decir con eso —susurró la pequeña O, un poco avergonzada por su ignorancia.
—Querían que no fueras tan insegura —insistió la I con su habitual desparpajo.
—¡Mira quién habla! La que tiene siempre un punto encima. —recriminó la A, dispuesta a aprovechar cualquier ocasión para hacerse notar.
—¡Tú, te callas!, ¡qué siempre estás igual!, ¡cómo eres la primera en todo! —exclamó la E con sorna.
—Bueno, bueno, bueno… ¡Qué haya paz! —manifestó la Be en tono conciliador—. No necesitamos pelearnos entre nosotras. Si no estáis de acuerdo con vuestra situación, guardad las energías para protestar ante el Consejo.
—Eso es verdad, luego siempre hablamos las mismas —expresó la Ere enérgicamente.

Las diferencias entre todas las letras del alfabeto se hicieron patente aquél día. Aquella reunión tan imprevista fue la gota que colmó el vaso. Ninguno de los Reales Académicos intuía que en el Mundo de las Letras hubiera tanta disconformidad. Ellos vivían alejados de sus subordinados, centrados, según decían, en problemas más elevados. Las letras sabían que el desacato al Consejo podría costarles la supresión de sus privilegios y a unas malas, hasta la vida. Atemorizadas,  recordaban cuando decidieron prescindir de la Elle y de la Che. ¡Pobrecitas, tan españolas y tan poco valoradas!   
Apareció de nuevo el Peón anunciando el segundo aviso de convocatoria de la reunión.
—Pueden pasar todas al tablero de ajedrez  —declaró, con autoridad—. Los señores académicos les esperan.

Todas en fila, cuchicheando, dándose codazos unas a otras y, en riguroso orden alfabético, fueron tomando asiento, formando hileras frente al tablero de ajedrez. Los Reales Académicos ocupaban ya sus posiciones en los recuadros del tablero. Como de costumbre, permanecieron callados, imprimiendo solemnidad al acto, esperando a que cada una de ellas se colocara en su sitio. El murmullo de las letras acomodándose se convirtió repentinamente en un silencio sepulcral. El Rey tomó la palabra:
 ‹‹Como autoridad suprema, os hemos convocados esta mañana para comunicaros las nuevas resoluciones que tomamos en la última reunión de este Consejo. No aceptaremos ninguna queja, las decisiones están tomadas y no admitiremos insubordinaciones››.

Las palabras amenazadoras del Rey retumbaron en todo el recinto. Se oyó un rumor de desaprobación entre los asistentes y las pequeñas vocales empezaron a temblar.
—¿Qué va a ser lo próximo que hagan? —pensaron todas al unísono—. ¿Cortarle la cabeza a la Te o quitarle una pierna a la Eme?
De repente al fondo de la sala, resonó una voz estridente:
—¡Estamos hartas de que hagáis con nosotras lo que os venga en gana!
Se estremecieron todas las letras a la vez. Nunca nadie antes había sido capaz de oponerse a los dictámenes del Consejo y menos, contradecir la voluntad del Rey.  
—Y vosotras —apostilló la pequeña voz, mirando a sus compañeras—, os quejáis continuamente, pero no hacéis nada, nada de nada.
—¿Quién habla? —bramó la desafiante voz del monarca, dispuesto a acabar con la osadía de uno de sus subordinados.
—Yo soy  —se desgañitó la U, poniéndose en pie de repente.
Era tan pequeña que, aún de puntillas, no conseguían verla desde los lugares más privilegiados. Ocupaba la tercera fila. Las letras más altas situadas delante procuraron estirarse, intentando ocultarla para conseguir enmendar la situación. La U no era cobarde, aunque sí, bastante inconsciente. La Ese, percatándose del peligro que corría, se apresuró a gritar ella también: “Yo soy”. La Te ya veía como la descabezaban y sin pensarlo aulló: “Yo soy”.Y escalonadamente, todas las letras del alfabeto una detrás de otras fueron levantándose, repitiendo las mismas palabras: ‹‹Yo soy, yo soy, yo soy…››

El efecto en cadena dejó sorprendidos a todos los Reales Académicos de la Lengua Española. La Reina se adelantó diciendo que no podían castigarlos a todos. El Caballo, que esto era un desastre: ‹‹¡la familia de las letras se está hundiendo!››. La Torre afirmó que había que encerrarlos a todos. Finalmente, el Rey consciente del desagravio a su persona, pero barajando en su cabeza el desastre que podría ocasionar una rebelión  en toda regla, adoptó una postura más conciliadora y les preguntó cuales eran sus reclamaciones:
—Que nos devuelvan nuestra dignidad. Sin las letras no existirían las palabras, ni el lenguaje  —dijo la letra Eme, siempre tan juiciosa.
—Que nos quieran. Nosotras somos vuestras hijas y estáis ahí para protegernos  —añadió la U,  buscando aprobación.
—Que nos consulten. Se trata de nuestras vidas, ¿quizás tengamos algo que decir? —apostilló la Ese, asombrada todavía del valor que estaba demostrando.

Todos quedaron sorprendidos y se hizo el silencio durante algunos segundos que parecieron siglos. El Rey sentenció:
‹‹Entiendo vuestras quejas. Para nosotros, tampoco es fácil llegar a acuerdos y procurar defender vuestros intereses. Nunca pensé que vuestros corazones estuvieran tan descontentos, pero quiero que sepáis, que todo lo hacemos por vuestro bien. Reconozco que he pecado de soberbia y tengo que contar con vosotras, que sois el alma del Mundo de las Letras. Os prometo mejorar y escucharos››.

Con estas palabras, el Rey levantó la sesión, ante el júbilo de algunos y la decepción de otros. 


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